Evolución de las relaciones en las redes sociales.

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Las relaciones o, dicho de otra manera, el amor, es un tema que a todos interesa, y de lo que todos hablan, lo que todos piensan, imaginan o escriben. El amor está en nuestra vida, es algo que cualquiera necesita. Nos rodea, y al estar presente en nuestro día a día, evoluciona y se adhiere a nuestro tiempo, a nuestras costumbres, propias de la época moderna. Y este es el punto clave: cómo a lo largo de los años el ser humano nunca ha necesitado de estos medios, las redes sociales, para enamorarse y forjar una relación seria, y cómo estos medios han pasado a formar parte de nuestras relaciones como herramientas habituales e, digo más, indispensables.

 Empezamos con Facebook, y hablar de Facebook es hablar de tonteo, y para tonto el que lo niegue. Perdón, ya sigo: los mensajes privados son privados por algo, y el chat y las fotos, el escaparate. De hecho hay gente que, al comenzar una relación, hace borrón y cuenta nueva, formateo y vía. De esta manera se evitan celos tontos y situaciones embarazosas. Ojo si el Facebook de tu novio/a al poco de empezar a salir sufre una avería que le obliga a abrir otra cuenta, ahí sí hay motivo para sospechar. A lo que iba, ¿quién no ha metido unas cuantas fichas por el chat o en las fotos?. Algún like atrevido, un par de comentarios cargados de intenciones, y el contacto está hecho. Algunos, tímidos a la cara, aprovechan un privado para preguntar lo que no se ha preguntado. Otros, valientes, buscando algo más serio, logran enfrascar a su fichaje en una conversación profunda acerca del amor y los valores. Por eso, miles de romances hacen de Facebook su cuna, de la que (si hay suerte) se alejarán gateando hacia algo más estable y maduro. Y claro, yo me he preguntado: ¿llegarán a la sede de la empresa de Zuckerberg cartas de agradecimiento escritas por parejas felices? Algún día preguntaré. Algún día. Ya preguntaré.

Del Facebook al Watsapp, lo que se traduce en varios momentos de infarto en los que crees que el mensaje es de él/ella, pero en realidad es de tu madre recordándote las croquetas que te quedan en el congelador para la cena. Y es aquí, entre emoticonos de besos y  “buenas noches” de después de las primeras citas, donde me encuentro con el ‘Fenómeno Watsapp”: Hay que admitirlo, todos abrimos y contestamos a unos primero y a otros después, hay una cierta clasificación dependiendo del interés que nos susciten las personas que nos escriben. En este fenómeno logro distinguir tres niveles de jerarquía: en primer lugar, obviamente, los que queremos leer y contestar cuanto antes, casi con ansiedad; en segundo lugar, a los que contestamos después de los primeros (con tranquilidad, sin prisa ninguna); y , por último, los pobres individuos que corresponden al tercer nivel, ellos son a los que ni contestamos. Mira que somos cabrones. Obviamente, hay excepciones, así que a los que se sientan aludidos, por favor, no se sientan ofendidos. Olé. Si el Facebook es la cuna, el Whatsapp es la adolescencia, juventud y madurez de las relaciones. Desde quedar con tu pareja, a las buenas noches y buenos días, incluso para comentar algo gracioso del trabajo, utilizamos esta red social. La relación también se estabiliza aquí, con alguna declaración esporádica pero intensa o largas conversaciones nocturnas en las que nos creemos conectando con la otra persona a un nivel más íntimo y nunca explorado.

El Twitter aparece poco en el recorrido de una relación. Esporádicamente alguna foto o  retweet, pero al ser una red social más global y pública, no es la  más utilizada para mandar mensajes de amor. Puede ser más utilizada al principio, en la etapa inicial del tonteo. Con los piropos cruzados y los links compartidos, se puede. Sin embargo, el uso de esta red social es escaso en materia de relaciones. Pasamos al último escalón. 

 La relación puede evolucionar al/en el Skype. Aquí, los más agradecidos son los que se encuentran en una relación a distancia. Es un medio un poco defectuoso en ocasiones, pero eficaz para la función que ejerce. También resulta útil para las parejas que, aunque vivan cerca, cuenten con días en los que no han podido quedar: en vez de contarse las cosas por Whatsapp, que yo comparto y entiendo que pueda llegar a cansar, se llaman gratis por Skype y, con suerte, tendrán hasta buena calidad en la llamada. Obviamente, lo que cada pareja haga en la intimidad de sus webcam’s, queda entre ellos. Yo no juzgo a nadie.

http://www.youtube.com/watch?v=MLGFnjzrJyE 

Normalmente, cuando un noviazgo termina, se termina como Dios manda: a la cara. Desde aquí advierto a todos: que no me entere que alguien que sea lector de este blog deja a su pareja por Whatsapp, Facebook o siquiera llamando por teléfono: NO, NO, NO Y NO. SI LO HACÉIS ASÍ OS CONDENARÉIS AL FUEGO ETERNO. Un poco de valentía por favor. Aquí las redes sociales no tienen nada que hacer. Pero esa “f” es muy puñetera, y los celos y la curiosidad son una mezcla peligrosa. Quien no lo quiera confesar es muy libre de hacerlo, pero yo sé que todos hemos hecho aquello de ver las nuevas fotos del ex o de la ex, que vaya novio más feo se ha echado, no darles ni dos telediarios y cerrar el ordenador con dignidad. O eso de rallarse hasta la saciedad por un comentario en su muro de una amiga. ¿Qué amiga joder? Vaya zorra, seguro que va a calentarle la cabeza. Ejem.

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La frecuencia de visitar el Facebook de un ex, sin embargo, decrece cuando la dignidad propia aumenta, y cuando nos damos cuenta de que no nos hace ningún bien. Pasar página no sirve, hay que cambiar de libro. Es entonces cuando llegas a casa, enciendes el ordenador, lees tu correo, abres una nueva pestaña y te metes en tu cuenta. Notificaciones, fotos nuevas… ¿eso es un mensaje privado?.

http://www.youtube.com/watch?v=z6ssvXyKpPk

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David contra Goliat

Don-Quijote

El Estado del pobre que merece más y del rico que tiene todo lo que el pobre merece. Estado del bienestar para el que tiene, no para el que merece. Esto va en otra línea, diferente a la crítica aburrida y poco constructiva hacia los partidos políticos. Porque ese discurso, admitámoslo, cansa. Esto no es rojo o azul, no es barba o calva, ni gafas o nariz. El que busque un texto teñido de algún color o que jure alguna bandera, está perdiendo el tiempo al leerme.

Hace unos días, mi compañero de piso me advirtió de que nos habían cortado la luz. Inmediatamente, llamé a la empresa suministradora de electricidad en mi edificio. Efectivamente, el banco había devuelto el recibo de la última factura. Este fin de semana estuve fuera y no abrí el buzón. Al bajar me encontré la notificación, cogí la cartera y me fui a la sucursal de mi banco más cercana. La chica que me atendió, muy amable, se solidarizó con mi historia, dejando entrever con algún comentario irónico su descontento hacia dichas empresas con ese afán lucrativo que ahoga al ciudadano corriente. Me despidió con una sonrisa, y yo ya notaba cómo mi bolsillo pesaba menos. Otro palo y a seguir. Pero si la ingenuidad es de jóvenes, yo pequé de ingenuo.

Hice una segunda llamada a la empresa. Después de exactamente 9 minutos de espera, me atendió un operador con una alegría insultante dada mi situación. Me confirmó que el pago había sido recibido y que ya habían dado la orden al servicio técnico para reabastecer la electricidad de mi vivienda. Con una sonrisa en la cara, les pregunté que cuántos minutos tardarían en darme la luz. El simpático Guillermo me comentó que no, que de minutos nada, en menos de 24 horas. La sonrisa, obviamente, a la mierda. Le di las gracias por su muy profesional servicio.

– Una cosa más señor- dijo el operador.
– A ver- contesté con el tono del que espera ser pateado en el culo de un momento a otro.
– El coste del reabastecimiento de electricidad es de 21,05 euros más IVA, el cual se le cargará al importe de su próxima factura- soltó el tal Guillermo con una carrerilla ensayada.

Ahí estaba. La patada en el culo que me impediría sentarme en todo el día. Colgué el teléfono y pensé rápidamente en soluciones: velas, linternas, mecheros. Ni velas ni linternas, sólo un par de mecheros. Aún había algo de luz, así que tranquilidad. La nevera, obviamente, tampoco funcionaba, así como el congelador, que rebosaba tuppers enviados por mi madre, alguna lasaña precocinada y bolsas del Carrefour de croquetas y judías. Tenía que llevarlas a otro congelador para que no se rompiera la cadena del frío, porque las otras opciones eran o comernos todo en esos días, o tirarlo. Me puse la chaqueta después de contactar con un amigo que tiene un piso cercano al mío, empecé a meter la comida en bolsas, y entonces me di cuenta. No podía dejar el piso por si venía el técnico a devolvernos la luz.

Me fui a mi habitación y cogí la notificación para revisarla. En ella especificaba claramente que tenía hasta el 14 de marzo para pagar la factura, ya que sólo era del mes de Enero. 14 de marzo, y yo el 4 sin luz. Hice una tercera llamada a la empresa suministradora, con la intención de recibir una explicación. Otra vez, ingenuo. Largas y más largas, explicaciones contradictorias y, sobre todo, mucha música de fondo mientras me mandaban a otras líneas. Colgué el teléfono con un grado de cabreo considerable y lógico. Cogí el móvil y empecé a buscar estadísticas acerca de este fenómeno del corte de luz. Sin electricidad hay pocas cosas que hacer. Cuanto más encontraba acerca de este tema, más me hervía la sangre. Un padre de familia que depende de la pensión de su madre de 92 años se despierta un día sin luz, cortada anticipadamente. El afectado comentaba que sólo podía pagar una factura al mes e ir atrasando el resto. Las compañías eléctricas cortaron la electricidad de 1,4 millones de viviendas en un año.

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/25/actualidad/1385413

Cadena Ser aparece una afectada de una demanda por parte de la misma empresa que suministra la electricidad en mi edificio, demanda por la cual se le acusa de manipulación del contador y se le exige 1.004 euros en concepto de multa. Hasta aquí todo normal, pero resulta que la afectada vive sola con su hija, no tiene ni idea de electricidad y jamás se le ha visto por el cuarto de contadores accesible a todos los vecinos.

http://blogs.cadenaser.com/ser-consumidor/2013/06/19/me-cobran-1-004-euros-por-manipulacion-del-contador-que-no-es-cierta/

Expansión publicando un artículo que afirma que 1,7 millones de hogares españoles tienen serias dificultades para pagar los recibos de la luz.

http://www.expansion.com/2013/04/18/empresas/energia/1366304648.html

Lo que ocurre es lo siguiente. Un día te levantas y no hay luz. La cortan en cuanto pueden, sin esperar ni un segundo. Pagas, si puedes, la factura, pero resulta que el plazo para que te devuelvan algo tan importante como la electricidad, es de 24 horas. Resulta curiosa la manera en cómo se apresuran a la hora de cobrar y lo distinto que se mueven cuando toca dar. Hay quien dice que esas horas sin luz sirven de escarmiento a los clientes, y que ese es el motivo de la existencia de ese plazo. Pero supongamos que existe buena fe por parte de la empresa, que es mucho suponer.

Un servicio que debería ser público, es privado. Se convierte en abusivo cobrando por un bien que suministran gracias a infraestructuras construidas con dinero público, nuestro dinero. Al margen de avisos, cortan el suministro cuando les place y lo devuelven de igual modo. Lo bueno es que te cobran a partir del momento en que te devuelven la electricidad, eso sí, hay que pagarle al técnico 21,05 euros más IVA para que le dé a una palanca hacia arriba, y cuidado si no es él quien lo hace porque sino te cascan 1000 euros de multa. Por otro lado, se habla de una posible fusión de las dos empresas suministradoras de energía más importantes de España. Lo que era un oligopolio de ladrones, se ha convertido en un monopolio de ladrones. De Guatemala a Guatepeor. Y no, no saltéis a la calle a tirar huevos contra las ventanas del Congreso, porque eso solo les hace reír. Soy realista, pero intento ser optimista. Creo que hay personas honradas en el mundo, y en España, y en cada uno de los países; en Argentina, en Inglaterra y en Kuala Lumpur. Las hay, pero lamentablemente hasta en nuestra propia vida no sabemos elegirlas. Sólo hay un papel que valga, y es el dinero. Pero puede que si miramos hacia adentro, si nos miramos un poquito al espejo y nos sacudimos toda la mierda e intentamos de verdad ser mejores personas, el mundo seguirá hecho una mierda, pero nosotros seremos felices.

Dediquémosle una Postdata al buen rollo:

http://www.youtube.com/watch?v=4uPZbIezChI

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20 Centímetros

Sin internet

Ayer, a las 19:45 de la tarde, ocurrió un fenómeno que paralizó el mundo. Jóvenes agitados, intentando disimular y comportarse, mientras un ligero temblor les carcomía por dentro. Señores y señoras desconcertados, preguntando a los más jóvenes lo mismo que estos desconocen. Ayer, a las 19:45 de la tarde, los servidores de la aplicación Whatsapp cayeron, y nuestra reacción fue… lógica:


Al principio supongo que habría insultos, móviles rotos por la frustración, y varios borrones y cuenta nueva que no funcionaron. Muchas preguntas e indagaciones, muchas caras serias y, contra a todo pronóstico, mucha gente con sus Samsung, iPhone, Nokia y demás, buscando información o al menos comprobando que al resto del mundo le pasa lo mismo. No nos queremos sentir solos en la tragedia y, así, nos aseguramos de que el problema no es nuestro. Mal de muchos…

En Twitter mucho movimiento, refrescamos la página y los usuarios siguen publicando: “Antena 3 noticias anuncia que la empresa aún no ha dado explicaciones acerca de la caída de los servidores”. Otros (me incluyo) pensando en las primeras gracias acerca de lo que estaba ocurriendo: “Huimos a Telegram” era el reclamo. Facebook lleno de gente compartiendo, escribiendo, hablando. El miércoles 20 de Febrero, esta empresa hizo efectiva la compra de Whatsapp por una cifra de 11.600 millones de dólares. El viernes 22 de Febrero, los servidores de Whatsapp caen y paralizan el servicio de todos sus usuarios. Como colofón, al parecer, los usuarios que hayan borrado la aplicación para descargarla de nuevo, tendrán que cambiar de número para poder utilizarla. Hay regalos para todos, ya que según varios periódicos digitales, entre ellos Expansión, Telegram se ha posicionado como el rival definitivo de Whatsapp. Hace dos meses, Telegram era una desconocida. Hoy, se erige como el futuro de la mensajería móvil.

Obviamente, con todos los datos de los que contábamos los usuarios del día a día, las bromas acerca de la fineza de Facebook a la hora de adquirir empresas estaban más que aseguradas. Desde Risto Mejide imaginando a un Zuckerberg buscando el ticket de compra, a aquel que se alegra de la asombrosa negación por parte de Snapchat de ser comprada por la multimillonaria marca. Y así, entre risas y hashtags, caí en la cuenta de lo que estábamos haciendo. Todos. Estábamos hablando de la caída de una red social en otra red social. En el momento en el que la aplicación más utilizada, la que nos absorbe más tiempo, la que revisamos cada hora (depende del grado de adicción) deja de funcionar, ese tiempo que hemos ganado sin comerlo ni beberlo lo malgastamos en otra aplicación comentando el desastre. La tecnología es un avance, y establece su objetivo en hacer más cómoda la vida de la gente, y no es un rechazo de plano a la tecnología la solución que se propone. Pero hay veces que hay que pararse, levantar la cabeza y mirar alrededor. Porque puede que en ese momento te des cuenta de que hace un día impresionante y no lo habías apreciado, porque puede que conozcas un poco más a un amigo, tal vez te sorprendas disfrutando de algo que no has tenido que comprar.

Creo que nuestra generación es la de los avances. Avances en la ciencia, avances en la tecnología, avances. Somos la generación de los que crecieron creyendo que tenían todo hecho, porque la vida era jauja, y que se encontraron después buscando alguna garantía de ese nivel de vida ansiado que nadie garantiza. Nos vemos obligados a hacerlo todo, y a hacerlo ya. A sacarnos una carrera, un Máster y una oposición. A aprender idiomas, en plural. A tener 26 años y tener algo de experiencia.  Y claro, hacemos todo a la vez. Vemos la televisión y hablamos, comemos y chateamos, nos llaman al móvil y revisamos el Facebook en el ordenador. Y no nos paramos a ver que nuestra pareja es día está espectacular, no nos paramos a compartir silencios, ni a hablar de todo o hablar de nada. No nos tomamos un tiempo para escuchar el sonido de una guitarra, ni para coger un libro al azar y leerlo, con su lomo y sus hojas, con su olor y su tacto.  Y, realmente, el mundo está 20 centímetros más arriba de la pantalla.

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Cuentos.

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Era primavera, creo. Un chico joven, de unos quince años, y una chica joven, más o menos de la misma edad. Llueve, pero a ellos les parece romántico. Se dan la mano y el corazón les sale del pecho, bombea con furia y las manos les comienzan a sudar. No dicen nada. Inspira hondo, se atreve a acercarse, y posa sus labios temblorosos en esa boca que tantas veces antes había estudiado. Al apartarse, la ve ruborizada, con la cara encendida, pero sonriente. Él, orgulloso y triunfante de haber sobrevivido. Mira hacia el frente sintiéndose más alto y más fuerte, y sus dedos se entrelazan a los de ella con firmeza.

 

Era verano, creo. Llegó después de ducharse y arreglarse, se puso incluso dos capas más de maquillaje, y vació la colonia de su baño. Por supuesto, cada imperfección tapada: la tenía que ver preciosa. Esquivando un par de niños se encuentra el parque, testigo mudo de muchos encuentros clandestinos. Hacía sol, y a ellos les parecía romántico. Nota sus brazos rodeándole la cadera y siente su calidez en su espalda. Cierra los ojos y respira lenta y profundamente. Huele a él, y con eso le basta. “Te quiero, te quiero muchísimo. No te separes, tú solo no te separes.” Se gira sin escaparse de su abrazo, y le besa con más ternura que deseo.

 

Era invierno, creo. Se disculpó con sus amigos y cogió el teléfono. El tono de su voz desdibujó la sonrisa de su cara y la felicidad de su saludo. Era ella, pero estaba diferente. Callada, reflexiva, dubitativa. El final se intuía, y su estómago se cerró. Le dijo que ya no estaba segura, y colgó. El móvil se le resbaló de las manos, y ni le importaba. Se acabó.

 

Habían pasado dos días. Dos días sin querer dejar de sufrir, sólo para seguir pensándola.

 

-Papá, ¿qué es lo que tenéis tú y mamá?

-Amor hijo.

-Me dijeron que me querían y  han cambiado de opinión. ¿Cómo le llamas a eso?

-La realidad es que tu madre y yo somos de otra época. Cuando algo se rompía, se arreglaba, no se tiraba.

 

Entonces escribió. Escribió la injusticia, la gritó a los cuatro vientos. Escribió cómo se puede amar sin saber hacerlo. Escribió que todo pasado fue mejor. Y se hizo mayor, y cuanto más sabía, menos quería saber. Y se le quedaron atrás los días en los que un beso era arriesgado, se le quedaron atrás los momentos en que creía que con ese roce de labios era más . Y vivió la época del intercambio, la época en el que ser adultos significaba poder disfrutar del sexo sin compromiso, la época en la que algunos amigos ahorraban para protección, “ahorraban por responsabilidad”. Y se sintió estafado, engañado. Se sintió tentado por sentirse solo.

 

El día de su boda estaba nervioso, normal. Ella también lo estaba. El velo, el vestido, sus manos, todo parecía temblar. La cogió fuerte de la mano y se escaparon entre la multitud de invitados. Caminaron hasta detrás de unos setos tupidos, donde el ruido no les alcanzaba y las interrupciones no les perseguían. Se sentaron el uno frente al otro, ella con cara de extrañeza, inquisitiva. La miró a los ojos maravillado, consciente de que en unos minutos estarían en su habitación, consciente de que le faltaban horas para unirse a ella de todas las maneras. Maravillado, sí, por darse sólo a ella, por haberlo conseguido.

 

Hacía años que no fumaba, pero el día en que su mujer rompió aguas consumió dos paquetes en media mañana. Era navidad, de eso estoy seguro. Las manos le sudaban, mucho más que en ese primer beso. Soltó una carcajada nerviosa al recordarlo, y volvió a la seriedad. Salió a comprarse otro paquete, tarea difícil por el temblor de sus dedos. Las monedas no querían entrar por la ranura, y ni se acordó de recoger las caídas al suelo. Con su andar patizambo recorrió el camino de vuelta al hospital, llegando a la sala de espera e invadiéndola con su particular olor a Ducados rubio. Un par de golpes en el hombro, y la voz del médico diciéndole que todo ha ido bien. Corrió hacia la sala de partos y agarró la mano de su mujer mientras esperaba a su hijo. Recuerdo que lloró cuando el niño abrió los ojos entre sus brazos y le miró atentamente, aún con los párpados y la cara hinchados.

 

Iba en el coche, con su hijo ya adolescente a su lado. Cascos en las orejas, iPhone en la mano y mirada perdida a través de las ventanillas. Notaba su tristeza, e ignoraba el motivo, en parte. Sabía que una chica tenía que ver, pero no quería meterse. Al cabo de un rato, el chico le preguntó cómo se amaba. Él le contestó que se amaba encontrando a esa persona que esté dispuesta a arreglar las cosas que se rompen, que se niegue a tirarlas a la basura.

 

-Si quieres te cuento una historia.

-Pero sólo si es breve.

-Lo es, pero tienes que estar muy atento.

-Atento estoy.

– Bien. Era primavera, creo. Un chico joven, de unos quince años, y una chica joven, más o menos de la misma edad. Llueve, pero a ellos les parece romántico.

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Recordando a Cortázar

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Vaya paliza me habían dado entre toda la familia. Nada, lo de siempre. Que te cases cuanto antes con esa chica, que cuentas con muchas primaveras y aún más alopecia. Era inaguantable, lo que más odiaba. Muchas veces dejaba mi mente volar mientras activaba el modo automático, limitándome a asentir seriamente mientras me creaba un mundo aparte, libre de toda tortura emocional. Tampoco es que me estuviese quedando calvo. Es cierto que apenas me quedaba una pequeña isla de pelo en la parte superior, pero contaba con esas greñas oscuras con un toque de canas en la parte trasera, dando un toque muy atractivo.

 

Me detuve frente a mi coche mal aparcado, leyendo una multa colocada sin mucho decoro en el parabrisas. Reí cínicamente para mis adentros, sabiendo que sólo hacía falta una llamada al despacho de Ricardo para solucionar el problema. Ni me molesté en cogerla. Un coche familiar y sin familia con el que llenarlo. Puede que vaya siendo hora, no sé. En los viajes de vuelta a mi casa, recientemente adquirida y situada en medio de la nada, el silencio se perfilaba como el peor aliado. Lo que hago en esos casos, es poner el CD de los Creedence a un volumen lo suficientemente alto como para aislarme, y el trayecto se hace más corto.

 

Lo que más me gustaba de esa casa era el camino de entrada al garaje. De día, el sol creaba unos claroscuros con ayuda de los árboles, dejando entrever halos de luz entre sus hojas. De noche, he de admitir que lo recorría a la mayor velocidad posible, rezando por no encontrarme con ninguna criatura y llegar sano y salvo a la casa. Os parecerá absurdo, pero vosotros también lo haríais, creedme. Aparqué y apagué el motor. De pronto, otra vez silencio, sólo roto por alguna fuerte brizna de viento esporádica, que aumentaba la sensación de inseguridad bajo aquel cielo que poco a poco se tornaba azabache. Al salir del coche, constaté la urgencia de pegarle un manguerazo cuanto antes, ya que su color blanco era más grisáceo de lo habitual. Entré en casa con parsimonia aburrida, y dejé caer mi chaqueta y mis llaves en la silla de color rojo chillón de la entrada. Qué silla más horrenda, siempre me había horrorizado. Me miré en el espejo y volví a sonreír. Me iba perfectamente, esa era la realidad. Un buen trabajo, una buena y bonita casa de piedra restaurada y un bonito aunque poco pulcro coche. Los problemas que tenía, eran de solución fácil, pero esa noche no iba a solucionarlos. Después de esa reunión familiar mensual que tanto detestaba, me merecía ver una buena película y relajarme. Incluso me encendería un puro, para dar ambiente de celebración.

 

Bien acomodado en mi sillón, comencé a revisar los DVD de los que disponía. Me encantaba la comodidad de ese sillón. Era de cuero negro, pero no daba calor ni nada por el estilo. Se amoldaba perfectamente a mi cuerpo, tanto que no podía reprimir un gruñido de satisfacción cada vez que volvía a casa y me recostaba entre sus pliegues. Fue entonces, mientras me perdía entre mis pensamientos,  cuando encontré un DVD sin nombre ni carátula entre el resto. No recordaba tener ningún disco virgen en toda la casa, y ni mucho menos podía ser una grabación propia. Encendí el puro, dejando que su olor se impregnara en el aire. Ahora sé que no debí hacerlo, pero en el momento me picaba la curiosidad. ¿Vosotros qué hubierais hecho?

 

Comenzó con un hombre hablándole a la cámara con un discurso muy conseguido, donde denunciaba la injusticia de que algunos gozaran de una vida plena sin disfrutarla, mientras otros ansiaban una vida así y morían sin entender el humor de Dios, quien no les había tocado con fortuna. Lo defendía con tal energía y viveza, que pronto olvidé que ese DVD no podía ser mío. Me zambullí en la historia. El mismo hombre caminaba sobre una carretera con la determinación grabada en su rostro. Era de noche, y de vez en cuando algún coche le deslumbraba con sus luces. Pero ni siquiera entonces hacía amago de entrecerrar los ojos para evitar que esa luz le dañase la vista. Porque nada lo podía dañar, era una especie de superhéroe de la calle, experimentado y dispuesto a reinstaurar el orden en el mundo. Metió la mano en la chaqueta y sacó un largo cuchillo mientras se desviaba de la carretera escabulléndose a medio trote entre los árboles. Se agazapó en unos matorrales, alarmado por el sonido de una música proveniente del coche aparcado en la casa. “Hoy acaba todo” se dijo en voz baja.

 

Entró por la puerta del garaje, no le costaría mucho forzarla en completo silencio. Mientras se enfrascaba en la tarea, el silencio y los solitarios golpes de aire entre las hojas aumentaban sus pulsaciones. Agitó la cabeza alejando esos miedos absurdos y entró en la casa. Sólo se escuchaba el murmullo de alguien en el salón, así que fue siguiendo el halo de luz. Esquivó la presencia de una silla, que parecía de un color sangre muy intenso. Le gustaba, era elegante. Alzó la vista y se encontró con su reflejo, lo que le obligó a reprimir el sobresalto. Con todo sigilo, siguió por el pasillo hasta encontrarse con la puerta entreabierta. Espiando a través de la rendija pudo observar que el salón era todo desorden. Libros en el suelo, bolsas de comida rápida en las mesas, y un olor poco agradable a humo de puro barato. “Realmente no me extraña”- pensó- “Tal y como tiene el coche, no podía esperar otra cosa”. Se puso derecho y empujó con infinita suavidad la puerta. El sonido de la televisión amortiguaba el de sus pasos de manera casi programada. Ahí estaba. Apretó el mango del cuchillo y se colocó detrás de aquel sillón de cuero negro, detrás de aquel hombre incapaz de amar su vida, detrás de aquella cabeza alopécica en la que sólo se dejaba entrever una isla de pelo en un cráneo brillante y liso. Le echó una mirada de desprecio que su víctima nunca vería, y le clavó el cuchillo en la garganta.

 

 

“Hijo, yo sólo digo que si tienes ya pareja, no sé a qué esperas para casarte. Tu padre y yo llevamos veintiocho años casados, como tiene que ser. Todos los meses hacemos esta comida, y todos los meses tenemos esta conversación. Escucha, sólo quiero que te vaya bien en la vida, ¿entiendes? ¿me oyes?”

 

Joder. Esta vez se me había ido la cabeza más tiempo de lo normal. ¿Me quedé dormido y lo soñé todo? No no, toda la familia se habría dado cuenta. Parece que seguía en modo automático, pero no recordaba nada de la conversación. Lo último que recuerdo es que estaba fantaseando con irme de allí, ir tirando hacia el coche. Sí, y después me preocupé porque lo tengo en doble fila, lo he dejado mal aparcado y por esta zona ponen muchas multas. Por Dios, ¿pero qué me pasa?

 

Salí del restaurante con sudores fríos, asumiendo que muy bien de la cabeza no estaba. Pero era lógico, entre el calor del asador y las retahílas de sermones por turnos, era la mejor salida. Llegué hasta mi casa, pero esta vez sin los Creedence, intentando recomponer la historia que me había montado en la cabeza. Me preparé una taza de café y encendí un cigarrillo. Mientras lo disfrutaba en el sillón, perdido otra vez en mi subconsciente, detuve la mirada en la caja de los DVD. Fue una tontería, sólo se me pasó una vez por la cabeza. Bueno, dos. Realmente no había forma de creérselo, pero por comprobarlo… No. Sí. Cogí la caja, disgustado conmigo mismo por ser tan miedoso e infantil y tiré de la tapa con fuerza. Un lateral se desgarró, precipitando todas las carcasas al suelo. Solté un soplido, apagué el cigarro y las volví a poner en la caja. Y allí, encima de la alfombra, al lado de unos libros desperdigados por el suelo, un CD, sin carátula ni nombre.

 

 

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Aviones.

Eres una mujer difícil. Como toda mujer que se precie, bien es cierto. Hace tiempo me preguntaste cómo te definiría. Me callé porque realmente no me veía capaz de responder. Porque cada vez que lo intentaba, sentía algo similar a cuando necesitas decir muchas cosas y acabas sin contar ninguna. Y pensé largo y tendido buscando la manera de sintetizarte. La locura la tienes, y con eso me basta. Pero siendo sincero, todas las palabras que conozco no me bastaban, hay muy pocas letras en el abecedario. 

Al día siguiente de la cena en la que me hiciste esa pregunta, me fui a Madrid en avión, ¿te acuerdas? Fue cuando quedé con mis amigos para nuestro encuentro anual, en casa de Pedro. Fue un gran fin de semana. Salimos todas las noches, dormíamos todas las mañanas y comíamos por las tardes en sesiones de cine y videojuegos. Desconecté de todo: exámenes, trabajo, incluso de ti. No no, no en el sentido negativo, todo lo contrario. No hablé contigo y te echaba de menos. Buena señal. Reí como se ríe cuando la vida va bien, dándolo todo, a pleno pulmón. Pero seguía sin poder responder a tu pregunta, y resultó ser una mosca en la oreja que progresivamente iba acortando mis carcajadas, reprimiendo mis sonrisas y minándome la moral. Y más me angustiaba a cada hora, porque vamos a ver, no soy el único hombre heterosexual con ojos. Cuando se dieran cuenta de cómo eres, podrían contestarte a tu pregunta, y yo quedaría en el segundo puesto: medalla de plata y mucha gente dándome la mano mientras miran al campeón, sonrientes. Pero no había manera, y la capital nos despedía. “Por favor, los pasajeros del vuelo B-132 embarquen en la puerta número 3, gracias”.
 
Y estando solo por primera vez en todo el fin de semana, el tema seguía dando vueltas. Describirte. Recuerdo que sonreí para mis adentros al darme cuenta de que era la pregunta más complicada que me habían hecho. Intenté dormir, y lo conseguí al minuto. Supuse que los efectos de esos días iban a prolongarse hasta febrero. 
Dicen que cuando hay turbulencias la gente grita y hablan entre ellos acojonados de los motivos por los que no quieren morir, pero es un mito. Lo que realmente se hace es mirar alrededor con los ojos muy abiertos, las mandíbulas apretadas y fingir que no sientes miedo alguno. Pero en ese caso, las consecuencias sólo fueron que me desperté´bien cabreado. Y en esos dos primeros segundos después de un sueño en los que no sabes ni dónde estás, tu imagen y tu boca preguntándome cómo te definiría me golpearon devolviéndome a la realidad. Entonces, miré por la ventana.
 
Y gracias a ese viaje, gracias a las turbulencias que me despertaron, sé la respuesta. Seguramente no será lo que esperas, ya te veo la sonrisa en la cara, pero no pienses que es poético. Simplemente es sincero. No sé si has visto alguna vez desde un avión la lluvia cayendo sólo en un claro circular mientras se cuela la luz del sol entre las gotas. Es impresionante, en serio. Yo lo vi, lo vi de cerca, y tú eres esa lluvia. Que cuando se te ve, cuando se te conoce, es casi como si te partiera un rayo, una descarga por todo el cuerpo. Te sientes casi encogido y notas que tus ojos no bastan para captar lo que estás viendo, pero nunca dejas de mirar, no puedes. Eres igual que esa lluvia traspasada por el sol, te toca fibras que ni sabías que existían, y sólo te lamentas del tiempo perdido en que no la conocías, y todo pensamiento que te pudiese distraer deja de existir, y todo está bien, aunque el mundo arda.
 
Pero hay algo que te hace mejor. A la lluvia no se le puede poner un anillo en el dedo. Seguramente lo encontrarán entre los restos del avión, y aunque no llegue a dártelo, no es por falta de voluntad por mi parte, créeme. Es porque la vida es así de caprichosa. Y si lloro, no será por morir, será por no morir a tu lado. Tengo una foto tuya en la cartera. Te estoy mirando mientras te escribo esta despedida que no estaba preparado para escribirte. Y eres como la lluvia. Y sólo me lamento del tiempo perdido en que no te conocía. Sólo me lamento del tiempo que nos han robado, porque nos pertenecía.
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Todo tuyo.

Y qué difícil ponen lo de enamorarse.
Se que llevo tiempo sin escribirte. Sé que mi valentía se ha vuelto perezosa, y que ahora ya no tiene sentido. Esto es para ti, y sólo para ti, así que saca tus propias conclusiones. Y cuando aquella película no te haga llorar, cuando empieces a irte a dormir por no querer estar despierta, léeme. No te hablaré de Dioses ni de Fe, no te contaré nada que no quieras saber. Sé que no te apetece siquiera sentir, y aún cuando vuelvan las ganas, no sabrás hacerlo. Porque a veces la realidad golpea, y sabe dónde duele, la muy puta.
Te contaré una historia. La de un hombre enamorado, claro. Un hombre que conoció y amó a una mujer, y ella sin saberlo. Lo supo, al menos durante un tiempo, hasta que decidió olvidarlo. Pesaban más sus defectos, demasiado complicado, mejor dejarlo. No hubo poemas, sólo canciones. No hubo flores, más que rosas. Ella se fue y él, enamorado, se quedó esperando. Cómo se asemeja la gilipollez al amor. Muchas noches en vela, imaginando cuántas manos la habrán tocado, cuántos labios la habrán rozado, cuánto piensa ahora en él, si es que. Y así, con su mente jugando en contra, pasaba el tiempo. Empezaba a desear conocer a otra mujer que le hiciera sufrir, sólo para no sufrir por ella. Se imaginaba a sí mismo enamorando, no al revés. Y enamoró. Y volvió a besar, a querer, a tener otra huésped en su cama. Y volvió a sufrir y a desear, a imaginar que enamoraba.
Pobre hombre, dirás. O qué cara dura. Puede que incluso menees la cabeza negando y asumiendo aquello de “todos son iguales”. Pues desengáñate. Yo no. Si, yo. El que escribe. Es posible que no sepa amar, ¿sabes? Pero siendo sinceros, ¿quién sabe amar siendo joven? Tampoco pretendo convencerte, ni decirte que vuelvas, que te necesito para vivir. No te necesito para vivir, pero te prefiero siendo esa huésped de mi cama. Sólo quiero decirte que, aún sin saber, he conseguido amarte, he conseguido memorizar cada doblez de tu sonrisa, he conseguido dibujar la silueta de tu cuerpo. He conseguido reconocerte por tu olor, dejar de dormir mientras estás dormida. He conseguido sufrir por tu culpa y volver a componerte no poemas, canciones, volver a regalarte no flores, sólo rosas. Pero qué triste que te juntes con alguno sólo por no estar sola. Y qué difícil pones lo de enamorarse.

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