Recordando a Cortázar

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Vaya paliza me habían dado entre toda la familia. Nada, lo de siempre. Que te cases cuanto antes con esa chica, que cuentas con muchas primaveras y aún más alopecia. Era inaguantable, lo que más odiaba. Muchas veces dejaba mi mente volar mientras activaba el modo automático, limitándome a asentir seriamente mientras me creaba un mundo aparte, libre de toda tortura emocional. Tampoco es que me estuviese quedando calvo. Es cierto que apenas me quedaba una pequeña isla de pelo en la parte superior, pero contaba con esas greñas oscuras con un toque de canas en la parte trasera, dando un toque muy atractivo.

 

Me detuve frente a mi coche mal aparcado, leyendo una multa colocada sin mucho decoro en el parabrisas. Reí cínicamente para mis adentros, sabiendo que sólo hacía falta una llamada al despacho de Ricardo para solucionar el problema. Ni me molesté en cogerla. Un coche familiar y sin familia con el que llenarlo. Puede que vaya siendo hora, no sé. En los viajes de vuelta a mi casa, recientemente adquirida y situada en medio de la nada, el silencio se perfilaba como el peor aliado. Lo que hago en esos casos, es poner el CD de los Creedence a un volumen lo suficientemente alto como para aislarme, y el trayecto se hace más corto.

 

Lo que más me gustaba de esa casa era el camino de entrada al garaje. De día, el sol creaba unos claroscuros con ayuda de los árboles, dejando entrever halos de luz entre sus hojas. De noche, he de admitir que lo recorría a la mayor velocidad posible, rezando por no encontrarme con ninguna criatura y llegar sano y salvo a la casa. Os parecerá absurdo, pero vosotros también lo haríais, creedme. Aparqué y apagué el motor. De pronto, otra vez silencio, sólo roto por alguna fuerte brizna de viento esporádica, que aumentaba la sensación de inseguridad bajo aquel cielo que poco a poco se tornaba azabache. Al salir del coche, constaté la urgencia de pegarle un manguerazo cuanto antes, ya que su color blanco era más grisáceo de lo habitual. Entré en casa con parsimonia aburrida, y dejé caer mi chaqueta y mis llaves en la silla de color rojo chillón de la entrada. Qué silla más horrenda, siempre me había horrorizado. Me miré en el espejo y volví a sonreír. Me iba perfectamente, esa era la realidad. Un buen trabajo, una buena y bonita casa de piedra restaurada y un bonito aunque poco pulcro coche. Los problemas que tenía, eran de solución fácil, pero esa noche no iba a solucionarlos. Después de esa reunión familiar mensual que tanto detestaba, me merecía ver una buena película y relajarme. Incluso me encendería un puro, para dar ambiente de celebración.

 

Bien acomodado en mi sillón, comencé a revisar los DVD de los que disponía. Me encantaba la comodidad de ese sillón. Era de cuero negro, pero no daba calor ni nada por el estilo. Se amoldaba perfectamente a mi cuerpo, tanto que no podía reprimir un gruñido de satisfacción cada vez que volvía a casa y me recostaba entre sus pliegues. Fue entonces, mientras me perdía entre mis pensamientos,  cuando encontré un DVD sin nombre ni carátula entre el resto. No recordaba tener ningún disco virgen en toda la casa, y ni mucho menos podía ser una grabación propia. Encendí el puro, dejando que su olor se impregnara en el aire. Ahora sé que no debí hacerlo, pero en el momento me picaba la curiosidad. ¿Vosotros qué hubierais hecho?

 

Comenzó con un hombre hablándole a la cámara con un discurso muy conseguido, donde denunciaba la injusticia de que algunos gozaran de una vida plena sin disfrutarla, mientras otros ansiaban una vida así y morían sin entender el humor de Dios, quien no les había tocado con fortuna. Lo defendía con tal energía y viveza, que pronto olvidé que ese DVD no podía ser mío. Me zambullí en la historia. El mismo hombre caminaba sobre una carretera con la determinación grabada en su rostro. Era de noche, y de vez en cuando algún coche le deslumbraba con sus luces. Pero ni siquiera entonces hacía amago de entrecerrar los ojos para evitar que esa luz le dañase la vista. Porque nada lo podía dañar, era una especie de superhéroe de la calle, experimentado y dispuesto a reinstaurar el orden en el mundo. Metió la mano en la chaqueta y sacó un largo cuchillo mientras se desviaba de la carretera escabulléndose a medio trote entre los árboles. Se agazapó en unos matorrales, alarmado por el sonido de una música proveniente del coche aparcado en la casa. “Hoy acaba todo” se dijo en voz baja.

 

Entró por la puerta del garaje, no le costaría mucho forzarla en completo silencio. Mientras se enfrascaba en la tarea, el silencio y los solitarios golpes de aire entre las hojas aumentaban sus pulsaciones. Agitó la cabeza alejando esos miedos absurdos y entró en la casa. Sólo se escuchaba el murmullo de alguien en el salón, así que fue siguiendo el halo de luz. Esquivó la presencia de una silla, que parecía de un color sangre muy intenso. Le gustaba, era elegante. Alzó la vista y se encontró con su reflejo, lo que le obligó a reprimir el sobresalto. Con todo sigilo, siguió por el pasillo hasta encontrarse con la puerta entreabierta. Espiando a través de la rendija pudo observar que el salón era todo desorden. Libros en el suelo, bolsas de comida rápida en las mesas, y un olor poco agradable a humo de puro barato. “Realmente no me extraña”- pensó- “Tal y como tiene el coche, no podía esperar otra cosa”. Se puso derecho y empujó con infinita suavidad la puerta. El sonido de la televisión amortiguaba el de sus pasos de manera casi programada. Ahí estaba. Apretó el mango del cuchillo y se colocó detrás de aquel sillón de cuero negro, detrás de aquel hombre incapaz de amar su vida, detrás de aquella cabeza alopécica en la que sólo se dejaba entrever una isla de pelo en un cráneo brillante y liso. Le echó una mirada de desprecio que su víctima nunca vería, y le clavó el cuchillo en la garganta.

 

 

“Hijo, yo sólo digo que si tienes ya pareja, no sé a qué esperas para casarte. Tu padre y yo llevamos veintiocho años casados, como tiene que ser. Todos los meses hacemos esta comida, y todos los meses tenemos esta conversación. Escucha, sólo quiero que te vaya bien en la vida, ¿entiendes? ¿me oyes?”

 

Joder. Esta vez se me había ido la cabeza más tiempo de lo normal. ¿Me quedé dormido y lo soñé todo? No no, toda la familia se habría dado cuenta. Parece que seguía en modo automático, pero no recordaba nada de la conversación. Lo último que recuerdo es que estaba fantaseando con irme de allí, ir tirando hacia el coche. Sí, y después me preocupé porque lo tengo en doble fila, lo he dejado mal aparcado y por esta zona ponen muchas multas. Por Dios, ¿pero qué me pasa?

 

Salí del restaurante con sudores fríos, asumiendo que muy bien de la cabeza no estaba. Pero era lógico, entre el calor del asador y las retahílas de sermones por turnos, era la mejor salida. Llegué hasta mi casa, pero esta vez sin los Creedence, intentando recomponer la historia que me había montado en la cabeza. Me preparé una taza de café y encendí un cigarrillo. Mientras lo disfrutaba en el sillón, perdido otra vez en mi subconsciente, detuve la mirada en la caja de los DVD. Fue una tontería, sólo se me pasó una vez por la cabeza. Bueno, dos. Realmente no había forma de creérselo, pero por comprobarlo… No. Sí. Cogí la caja, disgustado conmigo mismo por ser tan miedoso e infantil y tiré de la tapa con fuerza. Un lateral se desgarró, precipitando todas las carcasas al suelo. Solté un soplido, apagué el cigarro y las volví a poner en la caja. Y allí, encima de la alfombra, al lado de unos libros desperdigados por el suelo, un CD, sin carátula ni nombre.

 

 

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5 respuestas a Recordando a Cortázar

  1. Lucille dijo:

    Con miedo no se consigue nada, así que te animo a que cojas papel y lapiz (ya que las palabras salen más ligeras que tecleando delante de una pantalla) y te pongas a ello! O por lo menos ponte con relatos cortos que llevas dos meses sin publicar alguno haha

  2. Lucille dijo:

    Increíble lo bien que escribes

    • srsempere dijo:

      Muchísimas gracias Lucille. Estos comentarios son los que me dan motivos para seguir escribiendo, gracias y gracias.

      • Lucille dijo:

        Escribes muy bien, pero relatos cortos. Alguna vez has pensado hacer una buena historia que ocupe mas de una página? Con esto no quiero decir que tus historietas sean malas, al contrario,pero si que es verdad que cuando las lees te quedas con ganas de más

      • srsempere dijo:

        Muchas gracias por tu comentario. Realmente me ha gustado mucho lo que has puesto, sí he pensado en hacer una historia larga, muy larga de hecho. Un escritor español está tutelando mis escritos y últimamente me está empujando a hacer un libro, pero la idea da bastante miedo, en el sentido de que es un entramado y una estructura que hay que equilibrar muy bien para que sirva a ojos de cualquier editor. Naturalmente me encuentro más a gusto en los relatos cortos, pero seguro que cualquier día colgaré un relato largo. No dejes de visitarme y comentar, que las críticas constructivas son las únicas útiles.

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