Cuentos.

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Era primavera, creo. Un chico joven, de unos quince años, y una chica joven, más o menos de la misma edad. Llueve, pero a ellos les parece romántico. Se dan la mano y el corazón les sale del pecho, bombea con furia y las manos les comienzan a sudar. No dicen nada. Inspira hondo, se atreve a acercarse, y posa sus labios temblorosos en esa boca que tantas veces antes había estudiado. Al apartarse, la ve ruborizada, con la cara encendida, pero sonriente. Él, orgulloso y triunfante de haber sobrevivido. Mira hacia el frente sintiéndose más alto y más fuerte, y sus dedos se entrelazan a los de ella con firmeza.

 

Era verano, creo. Llegó después de ducharse y arreglarse, se puso incluso dos capas más de maquillaje, y vació la colonia de su baño. Por supuesto, cada imperfección tapada: la tenía que ver preciosa. Esquivando un par de niños se encuentra el parque, testigo mudo de muchos encuentros clandestinos. Hacía sol, y a ellos les parecía romántico. Nota sus brazos rodeándole la cadera y siente su calidez en su espalda. Cierra los ojos y respira lenta y profundamente. Huele a él, y con eso le basta. “Te quiero, te quiero muchísimo. No te separes, tú solo no te separes.” Se gira sin escaparse de su abrazo, y le besa con más ternura que deseo.

 

Era invierno, creo. Se disculpó con sus amigos y cogió el teléfono. El tono de su voz desdibujó la sonrisa de su cara y la felicidad de su saludo. Era ella, pero estaba diferente. Callada, reflexiva, dubitativa. El final se intuía, y su estómago se cerró. Le dijo que ya no estaba segura, y colgó. El móvil se le resbaló de las manos, y ni le importaba. Se acabó.

 

Habían pasado dos días. Dos días sin querer dejar de sufrir, sólo para seguir pensándola.

 

-Papá, ¿qué es lo que tenéis tú y mamá?

-Amor hijo.

-Me dijeron que me querían y  han cambiado de opinión. ¿Cómo le llamas a eso?

-La realidad es que tu madre y yo somos de otra época. Cuando algo se rompía, se arreglaba, no se tiraba.

 

Entonces escribió. Escribió la injusticia, la gritó a los cuatro vientos. Escribió cómo se puede amar sin saber hacerlo. Escribió que todo pasado fue mejor. Y se hizo mayor, y cuanto más sabía, menos quería saber. Y se le quedaron atrás los días en los que un beso era arriesgado, se le quedaron atrás los momentos en que creía que con ese roce de labios era más . Y vivió la época del intercambio, la época en el que ser adultos significaba poder disfrutar del sexo sin compromiso, la época en la que algunos amigos ahorraban para protección, “ahorraban por responsabilidad”. Y se sintió estafado, engañado. Se sintió tentado por sentirse solo.

 

El día de su boda estaba nervioso, normal. Ella también lo estaba. El velo, el vestido, sus manos, todo parecía temblar. La cogió fuerte de la mano y se escaparon entre la multitud de invitados. Caminaron hasta detrás de unos setos tupidos, donde el ruido no les alcanzaba y las interrupciones no les perseguían. Se sentaron el uno frente al otro, ella con cara de extrañeza, inquisitiva. La miró a los ojos maravillado, consciente de que en unos minutos estarían en su habitación, consciente de que le faltaban horas para unirse a ella de todas las maneras. Maravillado, sí, por darse sólo a ella, por haberlo conseguido.

 

Hacía años que no fumaba, pero el día en que su mujer rompió aguas consumió dos paquetes en media mañana. Era navidad, de eso estoy seguro. Las manos le sudaban, mucho más que en ese primer beso. Soltó una carcajada nerviosa al recordarlo, y volvió a la seriedad. Salió a comprarse otro paquete, tarea difícil por el temblor de sus dedos. Las monedas no querían entrar por la ranura, y ni se acordó de recoger las caídas al suelo. Con su andar patizambo recorrió el camino de vuelta al hospital, llegando a la sala de espera e invadiéndola con su particular olor a Ducados rubio. Un par de golpes en el hombro, y la voz del médico diciéndole que todo ha ido bien. Corrió hacia la sala de partos y agarró la mano de su mujer mientras esperaba a su hijo. Recuerdo que lloró cuando el niño abrió los ojos entre sus brazos y le miró atentamente, aún con los párpados y la cara hinchados.

 

Iba en el coche, con su hijo ya adolescente a su lado. Cascos en las orejas, iPhone en la mano y mirada perdida a través de las ventanillas. Notaba su tristeza, e ignoraba el motivo, en parte. Sabía que una chica tenía que ver, pero no quería meterse. Al cabo de un rato, el chico le preguntó cómo se amaba. Él le contestó que se amaba encontrando a esa persona que esté dispuesta a arreglar las cosas que se rompen, que se niegue a tirarlas a la basura.

 

-Si quieres te cuento una historia.

-Pero sólo si es breve.

-Lo es, pero tienes que estar muy atento.

-Atento estoy.

– Bien. Era primavera, creo. Un chico joven, de unos quince años, y una chica joven, más o menos de la misma edad. Llueve, pero a ellos les parece romántico.

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5 respuestas a Cuentos.

  1. Te he nominado para el Premio Bloggywog Chrispmouse Cracking. Te dejo el enlace: http://tintadedos.wordpress.com/2014/02/22/premio-bloggywog-chrispmouse-cracking/

  2. Podría decir muchas cosas, pero ¿para qué si se resume con la palabra “Precioso”?

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